Nunca he llegado a comprender del todo por qué la
crítica lapidó, allá por 1987, una película como El príncipe de las tinieblas. En dicho film, a John Carpenter, uno de
los pocos artesanos que continúan en activo en esto del Arte del fotograma en movimiento , tal vez se le pueda reprochar la elección
del casting, porque aun apareciendo el siempre magistral Donald Pleasence, parece como si cada uno de los actores fuera por caminos diferentes
en un mismo espacio (además) reducido. Podemos destacar dos
interpretaciones como las ideales para lanzar el mando a distancia
contra nuestro televisor: por un lado está el insulso, y falto de
dramatismo interpretativo, de Jameson Parker, un pseudoactor
que bien podría haber sido el sustituto de Richard Harrison
en alguna película ochentera de ninjas (casi me siento cruel con el
cine de Godfrey Ho); por otro lado tenemos a Lisa Blount,
una actriz de esas del montón que podría haber sido sustituida por
otra más carismática; o al menos más eficiente a la hora de
expresar sentimientos. No sería justo omitir una pequeña parte de
culpa hacia el director, pues probablemente descuidó la dirección
de actores durante la filmación en pos de la impecabilidad técnica.
Huelga decir que no todas las interpretaciones son
malas o no conectan entre ellas, pues tal vez sea la relación de amistad entre el sacerdote (Donald Pleasance) y el profesor Howard
Birack (Victor Wong) la más interesante y profunda. Por
otro lado, los demás personajes salta a la vista (desde un principio)
que a lo largo del metraje serán sistemáticamente convertidos en carnaza para
Belcebú.
Pero cambiemos de tercio y pongámonos en situación:
la historia trata sobre un sacerdote que descubre dónde se encuentra
preso el mal absoluto; una sustancia verde brillante contenida por un
cilindro de cristal. El sacerdote le pide ayuda a un profesor amigo
suyo y a sus mejores alumnos para demostrar científicamente la
existencia del mal y saber si realmente dicho fluido es o no
peligroso para la humanidad. Los alumnos, junto al sacerdote y el
profesor, se instalan en la iglesia donde se encuentra la malévola
sustancia para así comenzar las pruebas. Paralelamente, un numeroso
grupo de mendigos comienza a rodear el templo sagrado como si fueran
zombis (uno de ellos interpretado por el mismísimo Alice Cooper)
y el líquido verde maligno comienza a salir a voluntad de su cárcel
cilíndrica para apoderarse de los cuerpos de algunos de los indefensos alumnos.
Más o menos, ese es el argumento de El príncipe
de las tinieblas, una historia sencilla pero efectiva gracias al
ritmo narrativo del guión escrito por el propio John Carpenter
con el simpático seudónimo de Martin Quatermass. El filme
guarda muchas similitudes con La cosa; magnífica película
del señor Carpenter que desgraciadamente resultó ser otro
inexplicable fracaso en taquilla (tal vez debido al coetáneo estreno de E.T. El extraterrestre).
Otra vez nos encontramos con un grupo de personas que, en un espacio
reducido, intentan sobrevivir y a su vez salvar al mundo de una
amenaza extremadamente peligrosa que anida entre ellos. Como
veis, la premisa es muy parecida a La cosa; e incluso al cine
de zombis y, por ejemplo, películas como 30 días de oscuridad o La rebelión de las máquinas.
Si bien la película hubiera ganado con un casting
más acertado, El príncipe de las tinieblas es una película
muy entretenida, que mantiene un ritmo ágil y que juega con las pausas
y la acción de una forma envidiable. Además, la fotografía y los
encuadres mantienen el estilo clásico del director, con un montaje
en armonía con todo lo anteriormente expuesto que le da al conjunto visual un espectacular acabado. Cabe destacar el
sueño recurrente que experimentan los personajes, rodado en vídeo con una estética muy casera cercana a la que ya en 1999 popularizó
El proyecto de la bruja de Blair. Además, la banda sonora no
es nada desdeñable en absoluto, pues además de estar compuesta por
el propio director y su compañero de fatigas sonoras Alan Howarth, mantiene el sello característico del Carpenter
de los 70 y 80. Una verdadera maravilla.
Y para finalizar, sólo queda añadir el tremendo
acierto del director, a la vez que guionista, a la hora de plasmar el desenlace de
la historia, todo un logro narrativo que a más de uno lo habrá
dejado o dejará boquiabierto. Una guinda al pastel que no hace más
que mejorar la película.